
Lo mencionaba en el post sobre Las voces del Desierto, el pasado año tuve el placer de cumplir mi sueño más antiguo. Desde que tengo uso de razón quiero ir a Australia… ¿por qué? No lo se… Mi padre data en los 3 años el día en que, presa de la cabezonería o la fascinación por su fauna, cuando él amorosamente me narraba las características de las antípodas, dije: yo quiero ir allí.
Y fui, tanto que fui…. unos cuantos años más tarde de aquel momento… 🙂
El 2007 fue el año elegido por varios motivos, económicos, laborales… y porque… ¿por qué no? Recomendados por nuestro agente de viajes y asesor en la elaboración del viaje a medida, podíamos parar en algun lugar en el que hiciéramos escala, sin incremento de coste. Asi que decidimos Bali, teniendo también la opción de Singapur y Hong Kong. Y sin duda fue una gran opción. Cuando llegué a Australia me arrepentí de haber parado tantos días (5) en Bali, pero simplemente por puras ganas de pasar más y más tiempo allí y no porque Bali no lo mereciese.
Es el primer capítulo, acompañado de unas imágenes selectas… ¿os venís conmigo?

Para no extenderme demasiado con relatos, simplemente os relataré lo que le traje de Bali…
– El tacto de las manitas de un mono.
– El sobrecogimiento de contemplar un lugar con tan poca «civilización» desde los aires…. y esa oscuridad tan profunda… y la luna que me recibió en mi llegada a la isla, a medianoche…
– El relax del primer día, tomando el sol, cargándome de energía y dándole de comer a las ardillas.
– Un amor emergente por las aves, pudiendo contemplar en su hábitat a un ave del paraiso y otras especies fascinantes (o haciéndome una foto guiri con 5 loros encima de mi y uno de ellos con ganas de morder orejas!).
– Tener la posibilidad de acariciar a una iguana enorme y coger una tortuga de patas de elefante (preciosa).
– Unas clases de yoga en una cabaña abierta – balcón, con vistas a un bosque maravilloso…
– Alojarme en un lugar increible en donde viví durante tres noches sumida en la calma, meciéndome en un trato exquisito…
– Templos maravillosos y su magnitud (cuantas má escalas, más sagrado): Tanah Lot, el templo del lago,…
– Aprender a buscar un momento para sentarte y ver anochecer.
– Momentos inolvidables: un baño de flores, una cena a 3 metros de las olas en la playa….
– La belleza del hinduismo en el día-a-día de los balineses y sus preciosas ofrendas (flores, arroz, incienso…) que perfumaban las calles, los coches…
– El kaos circulatorio en la isla….
– El masaje balinés, una paliza…
– La maravillosa artesanía, que dio lugar a mi anillo mágico (un anillo para gobernarlos a todos!) o mi buda de madera de cocodrilo (se llama así por el tacto de la corteza).
– Conocer lo que pasa cuando se sufre deshidratación….
– La estructura de la casa balinesa típica, dividida en 3 partes, como el cuerpo del hombre: la parte de los pies (la cocina, la parte más «sucia»), la parte del cuerpo (los dormitorios, la parte «práctica») y la parte de la cabeza (los templos, la parte «espiritual»). Son diferentes edificaciones dentro de un mismo terreno, cada habitación es como una pequeña cabaña abierta afuera.
– Descubrirme entre el tul de mi cama…
Y esto solo….
…a unas horas de Australia….
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